martes, 6 de marzo de 2012

EN LA BÚSQUEDA DEL LECTOR INFINITO


EN LA BÚSQUEDA DEL LECTOR INFINITO. UNA NUEVA ESTÉTICA
DE LA LITERATURA INFANTIL EN LA FORMACIÓN DOCENTE
,
DE CRISTINA PIZARRO.
Buenos Aires: Lugar Editorial, 2008. ISBN: 978-950-8922953 179 páginas.

Margarita Krakusin
Alma College

En su libro En la búsqueda del lector infinito, Cristina Pizarro señala la importancia de la formación de docentes que al dictar su cátedra sirvan de eslabones claves entre el texto y el receptor. En esta situación privilegiada, el maestro debe lograr la competencia necesaria antes de guiar al niño en la búsqueda de su propia competencia lingüística, lectora y literaria.
La obra consta de un prefacio y cuatro capítulos. En el “Prefacio” se devela el abanico de intereses que han motivado a la autora, señalando que, a través de la escritura, el hombre inmortaliza su dimensión finita y posibilita la trascendencia en un “mundo abierto y plural” (14). Según Pizarro, es a través de la lectura y la escritura que el hombre logra salvarse de “la terrible angustia de una soledad hostil, inhóspita e improductiva” (14). Por su parte, la escritura, como acto de solidaridad histórica, permite la apertura a una relación entre la creación poética y la sociedad. En dicha relación las referencias, ecos y lenguajes culturales conllevan una plurivalencia de significados y el lenguaje actúa como memoria de la colectividad. De igual manera, la lectura hace posible que la creación no se hunda en el silencio, ya que lector y texto entran en diálogo mediante la “suspensión voluntaria de la incredulidad” (18).
En el Capítulo l se propone la lectura como un acto lúdico que lleve al descubrimiento y conquista de lo poético. El maestro mediante el discurso formal, sus contenidos temáticos y el lenguaje, propicia la interacción entre el libro y el niño para que éste vaya construyendo sus conocimientos y su competencia literaria. Pizarro señala que para que el niño alcance competencia lingüística es necesario que el maestro lo incite a descubrir y construir, según sus posibilidades y talentos, lo que debe saber de su lengua y qué debe hacer con ella. Para lograr su competencia lectora el maestro ha de hacer hincapié en el proceso de construcción de significados y para lograr su competencia literaria es necesario que le enseñe a amalgamar “las estrategias lingüísticas, psicológicas y literarias que aluden a la comprensión y producción de recursos que se inscriben en los distintos tipos de discursos” (26). Además, se debe tener en cuenta que en la lectura de la estructura narrativa, como en la de la dramática y en la de la lírica,  se deben propiciar  condiciones que lleven al niño a pensar, sentir, decidir e intentar resolver los conflictos que presenta el texto. Éste, a su vez, debe ser conectado con el universo real, logrando así el desarrollo de la inteligencia y la madurez afectiva del lector.
En este primer capitulo también se hace referencia a los rasgos de la escritura literaria como son: la polisemia, la ficcionalidad, el carácter lúdico y la poeticidad. Se dan, de paso, numerosos ejemplos de multiplicidad polisémica, de distintos procedimientos del discurso textual y de multiplicidad de re-enunciaciones a las que puede llegar el lector durante el proceso de construcción de significados. Entre los ejemplos que menciona la autora se pueden citar El paseo de los viejitos de Laura Devetach, Clarita se volvió invisible, de Graciela Montes, Hay que enseñarle a tejer al gato y La aldovranda en el mercado, estos dos últimos de Ema Wolf.
La última parte del capítulo está dedicada a la metodología que puede seguirse en la enseñanza aportando valiosas sugerencias para los docentes, los que a su vez encontrarán una nutrida bibliografía y temas para tratar y desarrollar en clase.
El siguiente capítulo se detiene en “la búsqueda del lector infinito”, el cual debe estar al tanto de que, aunque se aplique un código al texto, dicho texto, durante el proceso de lectura, experimenta revisiones y transformaciones que llevan a la producción de un texto diferente. En este universo dialógico el texto,”a su vez, modifica el código que estamos empleando, y así sucesivamente... Por lo tanto, este proceso es, en principio infinito” (51).
La autora dedica gran parte del capítulo al aspecto pedagógico que, dicho de paso, resulta iluminador y de bastante utilidad. Da valiosas sugerencias que ayudarán al maestro o a los padres de familia a encauzar la competencia literaria del niño, enfatizando en la importancia del juego como desafío, riesgo e incertidumbre en una exploración mágica y ritual de un mundo desconocido que, supuestamente, debe generar un nuevo orden. El maestro debe enseñar a jugar con las palabras, los personajes y los símbolos, invitando a una búsqueda de lo escondido, a rescatar del olvido imágenes del pasado y a agudizar la observación afectiva y reflexiva que lleve a propuestas creativas.
Pizarro termina ofreciendo numerosas propuestas de invención y construcción de textos a partir de la palabra. Estos juegos persiguen como meta “transitar juntos el camino de la infancia en donde predominan, entre otros, los intereses lúdicos y la necesidad de seguridad afectiva” (100).
El capítulo 3 habla de la literatura infantil desde el campo afectivo y simbólico. Este capítulo también está dedicado a la metodología de la enseñanza de literatura infantil desde el nuevo tratamiento que se le ha de dar a la materia en “función de los requerimientos a los cuales deben dar respuesta los niños de hoy” (101). La autora hace evidente su interés por el verdadero desarrollo del individuo, centrándose en su crecimiento total y priorizando los valores estéticos que conducen a la armonía y al equilibrio del hombre.
En esta sección del libro se analizan textos de literatura infantil de autores contemporáneos, optimizando la tarea educativa con un enfoque “preventivo-constructivo y afectivo-expresivo” (102). Insiste Pizarro en la importancia de generar en el aula de clase o sitio de encuentro, un clima de alegría que favorezca la espontaneidad y la libre expresión. Allí lo lúdico abrirá el camino a la exploración de nuevas posibilidades, conectándolas con la realidad, combatiendo la monotonía y propiciando en el niño el placer del texto. También, se enseña a trabajar la literatura infantil como construcción de sí mismo y como medio integrador de una personalidad equilibrada. Se analiza el amor como impulso vital y el sueño como un nexo entre el afuera y el adentro, ya que el niño, durante el estado de vigilia, vive una experiencia imaginativa y creadora que, a su vez, cumple con una función catártica.
La autora dedica parte de este capítulo al tema del doble, la otredad, el espejo, la soledad, el miedo, la identidad y el deseo y la metodología para un acercamiento a estos temas. Presenta, además, diferentes aproximaciones y textos para tratarlos. Por ejemplo, en La luna robada, de Fausto Zuliani, en Juego de sombras, de Gustavo Roldán o en “Mi sombra”, de Marta Giménez Pastor, donde se trabaja el tema del doble. Acercamientos al tema del miedo pueden encontrarse en Nicolodo viaja al país de la cocina o en Irulana y el Ogronte, de Graciela Montes.
La última sección del libro está dedicada a la función de la literatura en el ordenamiento del cosmos. La autora parte de los cuatro elementos a los que agrupa en elementos activos y pasivos. Aire y fuego, como elementos activos, son de carácter masculino y creador. Los elementos pasivos son tierra y agua, los cuales son de carácter femenino y receptivo. Aunque no podemos considerar apropiada la connotación de masculino = activo y creador y femenino = pasivo y receptivo, el acercamiento es novedoso e interesante y pudiera más bien, ser considerado como punto inicial en el proceso de transformación del texto y del individuo mismo rompiendo, de esta forma, los estereotipos que se han creado sobre lo femenino y lo masculino. Esto se ajustaría más a las premisas expuestas por la autora con respecto al nuevo tratamiento que se le ha de dar al texto literario en “función de los requerimientos a los cuales deben dar respuesta los niños de hoy” (101).
El Aire se articula como el vuelo en la construcción del espacio imaginario incentivando al niño en la creación de imágenes donde el ascenso o descenso en el espacio imaginario conlleva simbolismos: la elevación, la calma, la serenidad o, por el contrario, el vacío, la tristeza, el temor y la angustia. El vuelo implica búsqueda y anhelo de encuentro. Algunos de los textos que usa la autora para ejemplificar su teoría son: El pájaro de papel, de Gustavo Roldán, “Juanito volador”, de María Elena Walsh, Luciana de la sombrilla, de Blanca de Jaccard o La ciudad que levantó vuelo, de María Granata.
El Agua como sustentadora de vida, es mediadora entre la vida y la muerte, está entre Eros y Tánatos, y puede crear o destruir. La gota indica pequeñez y fragilidad y es símbolo de la vida individual. El lago representa lo escondido y misterioso mientras el río es fertilidad y sirve de escenario a situaciones de felicidad o angustia. El movimiento incesante está analizado en Tinke tinke de Elsa Bornemann, el asombro en “Marina y la lluvia” en Monigote en la arena, de Laura Devetach, la adaptación a la realidad en “Don Fresquete” de María Elena Walsh, entre otros.
La Tierra es ámbito de protección y descubrimiento. El niño parte del reconocimiento de lo que le es propio y conocido: su cuerpo, su casa y de allí comienza a expandir sus conocimientos a ámbitos mayores. La casa, por ejemplo, es propulsora de imágenes y vivencias interiores. En el contacto del niño con el texto literario sus referentes giran en torno de este habitáculo. La casa es espacio de amor, abrigo y protección y desde allí el niño se desplaza al espacio de la ficción como puede ejemplificarse en Un ojito abierto, de Sylvia Puentes o en Lisa de los paraguas, de Bornemann.
El Fuego es la llama de la estructuración de sí mismo. El fuego es transformación. Puede ser luz y fuerza creadora. La función del fuego en la literatura infantil es analizada en Cuentos de chinventos, de S. Schujer, El solecito de Andrés, de Elsa Lira Gaiero, “El sol en un bolsillo” de Cristina Pizarro o en La niña que alumbra la noche, de Ray Bradbury, entre otros.
El Aire/vuelo como nexo de espiritualidad y crecimiento favorece la integridad del ser, el Agua encauza su adaptación a la realidad, la Tierra proporciona al niño maneras para transformar y dominar su espacio, y el Fuego impulsa la búsqueda del equilibrio y la armonía entre la construcción y la destrucción y suscita la consolidación del ser (165).
En la búsqueda del lector infinito es una excelente guía para el docente de literatura a cualquier nivel ya que cuenta con ideas novedosas y una metodología dinámica. El libro incluye numerosos ejemplos de aproximaciones al texto literario, una amplia bibliografía y un sólido conocimiento de teoría crítica. Sería interesante que la autora considerara hacer este excelente trabajo un poco más incluyente, expandiendo sus aproximaciones metodológicas a textos de autores de otros países hispanohablantes. Muchos más maestros podrían beneficiarse de la gran experiencia de la autora, de su dedicación y entusiasmo y sobre todo de su gran amor por la docencia.

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